El experimento de L’Enfant Plaza

Joshua Bell es uno de los violinistas más célebres y aclamados de los Estados Unidos. Un virtuoso intérprete acostumbrado a llenar las más prestigiosas salas de conciertos de un público ávido de disfrutar del arte de sus interpretaciones y de las piezas interpretadas.
En el año 2007 Bell recibió una propuesta insólita de un periodista del Washington Post llamado Gene Weingarten. El periodista le propuso al músico participar en un experimento en el metro de la ciudad. En pocas palabras Weingarten le pidió a Bell que se hiciera pasar por músico callejero y que tocara en el pasillo de una estación de metro en hora punta para estudiar la reacción de los usuarios.
Aquello era algo muy distinto de lo que Bell solía hacer. Puede que por ello decidiera aceptar. Y ciertamente, aunque seguramente el resultado no fue el esperado para él fue una experiencia única. Para el periodista por su parte supuso ganar el premio Pulitzer con el artículo que escribió sobre lo acontecido.

Gene Weingarten

Gene Weingarten

Weingarten se preguntaba si la gente sabría apreciar la belleza de la música en un momento y un lugar completamente inapropiados para ello.
Joshua Bell tocó durante unos cuarenta minutos piezas de gran belleza y dificultad. Insistió en hacerlo utilizando su violín Stradivarius, el que usa siempre en sus conciertos y que le costó una cifra superior a los tres millones de dolares.
Un gran intérprete con un instrumento sublime interpretando grandiosas piezas para violín parecía un trío ganador pero el resultado fue más bien todo lo contrario.
El joven músico (en 2007 contaba con 39 años), luciendo una gorra de béisbol y vestido de modo informal pasó prácticamente inadvertido o como él mismo expresó: ignorado. Logró una recaudación de 32.17 dolares, que en realidad tampoco está tan mal, a pesar de que una entrada para verlo tocar puede costar 100 dólares.

El lugar elegido era el vestíbulo de una estación de metro de Washington D.C. llamada ‘L’Enfant Plaza’. Bell se presentó en el lugar un viernes de enero a las 8 de la mañana, en plena hora punta. Los usuarios del metro que pasaron frente a él en su mayoría eran funcionarios y burócratas del gobierno, en esencia gente de clase media.
A nadie pareció importarle demasiado aquel hombre tocando la Chacona de Bach, una de las piezas para violín más complicadas de tocar y considerada una obra sublime. A continuación vendría el Ave María de Franz Schubert, ‘Estrellita’ de Manuel Ponce, una pieza de Jules Massenet y para terminar vuelta a Bach con una de sus gavotte y la repetición de la Chacona.
Bell confesó que los seis momentos más terribles de aquella mañana fueron al terminar cada pieza y advertir que no sucedía nada: ni aplausos, ni ovaciones, ni tan siquiera una mirada de aprobación. La música dejaba de sonar y a su alrededor nada cambiaba. Simplemente era como si él no estuviera allí.
En sus recitales habituales el silencio es una prueba de respeto, de admiración. La gente se queda quieta y en silencio expectante y tan solo se oye la música que sale de su violín. En cambio en el metro el silencio se convirtió en algo cruel. Era la prueba de la indiferencia.

Joshua Bell

Joshua Bell

Sin embargo no todo fue tan desolador como puede parecer. Durante el tiempo que estuvo tocando pasaron frente a él 1070 personas, de las cuales 20 le dieron algo de dinero, la mayoría sin siquiera detenerse. Unas siete personas en cambio sí se detuvieron o disminuyeron su andar y escucharon al músico durante al menos un minuto.
Sin duda la ‘heroína’ de la mañana fue Stacy Furukawa, la única persona que reconoció a Joshua Bell aquella día. Furukawa no sabía gran cosa de música clásica pero había asistido a un recital gratuito que Bell ofreció en la Biblioteca del Congreso y al pasar junto a él le reconoció. No tenía ni idea de qué hacía aquel virtuoso pidiendo dinero en el metro pero no se lo pensó dos veces y decidió quedarse a disfrutar del espectáculo. Tuvo la suerte de poder presenciar la última pieza del ‘recital’. Se colocó a unos metros del músico y se quedó hasta el final, momento que aprovechó para dirigirse al músico para presentarse y felicitarle.

John David Mortensen no se detuvo tanto tiempo, apenas 3 minutos. Este director de proyectos del departamento de energía no es tampoco un amante de la música clásica. Lo suyo es el rock clásico, pero la música de ese hombre en el metro le sedujo de alguna manera. Miró su reloj y vio que llevaba 3 minutos de adelanto de modo que decidió detenerse, apoyarse en una pared y disfrutar del momento. Nunca había hecho algo semejante pero aquella música le hizo sentirse ‘en paz’. Luego, pasados los tres minutos hizo otra cosa inusual: darle dinero al músico.

Sin duda el único grupo demográfico que mostró una pauta de comportamiento coherente fueron los niños. En todos los casos que un niño apareció acompañado de su padre o de su madre fijó su atención en el violinista y se detuvo frente a él, o mejor dicho trató de hacerlo ya que el progenitor que lo llevaba sujeto de la mano estaba más pendiente del reloj y de no llegar tarde. De modo que el niño no tenía más remedio que seguir caminando, al tiempo que giraba la cabeza todo lo posible para seguir observando a ese señor con esa cosa tan curiosa que hace música.

George Tindley en cambio no tenía prisa por llegar al trabajo porque ya estaba en el trabajo, concretamente en una cafetería situada en el mismo vestíbulo donde estaba tocando Joshua Bell. Su labor es limpiar las mesas, sacar la basura y cosas por el estilo. Tiene cuarenta años y le gusta tocar la guitarra.
Durante ese rato Tindley mostró una tendencia un tanto inexplicable a frecuentar la zona más próxima a la entrada del local y por tanto al vestíbulo. Entonces procuraba disimuladamente inclinarse un poco hacia delante (vigilando de mantener los pies dentro del local) para echar un vistazo ahí fuera. Lo suyo no es precisamente el violín pero su amor por el sonido de las seis cuerdas seguro le hizo apreciar también el de las cuatro. “En un segundo pude darme cuenta que ese tío era bueno, que claramente era un profesional”.

Cerca de la cafetería hay un puesto de limpiabotas. Se trata del pequeño negocio de Edna Souza. Esta mujer brasileña no siente precisamente mucha simpatía por los músicos callejeros. Son gente ruidosa y el ruido es malo para su negocio porque le dificulta hablar con sus clientes. De modo que tiene por costumbre llamar a la policía cuando el músico en cuestión supera el volumen que ella considera aceptable.
Cuando se le preguntó acerca de Bell ella contestó que tocaba fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte. Luego bajó la cabeza como si odiara decir algo bueno de esos malditos músicos y añadió “Era bastante bueno. Fue la primera vez que no llamé a la policía”.
A Souza le sorprendió que se tratara de un músico famoso. En cambió no lo hizo por el hecho de que pasara desapercibido. “Si algo así hubiera pasado en Brasil una multitud de personas se habrían congregado para verle tocar. Pero aquí no”. Curiosamente otro músico profesional consultado afirmó algo parecido al decir que probablemente en un metro de Europa Bell habría tenido mucho más público.

Otro pequeño héroe de la cultura aquel día fue un tal John Picarello. Un hombre pequeño, calvo y poco atractivo. Subió por la escalera mecánica y al escuchar la música de Bell se detuvo en seco. Empezó a escudriñar a su alrededor para localizar el origen del sonido y una vez hecho esto se colocó en una posición más allá del puesto de limpiabotas y no se movió de allí durante los nueve minutos siguientes. Pasado ese tiempo continuó su camino para ir al trabajo.
Por la noche ya en casa, recibe una llamada del periódico. Al igual que otras personas, Picarello fue abordado por un periodista unos metros más allá de donde estaba Bell. Con la excusa de una encuesta sobre el transporte se le pidió su número de teléfono. Sin embargo la encuesta realmente no era sobre la calidad del metro.
A Picarello le preguntaron si había sucedido algo inusual durante su desplazamiento al trabajo aquel día. De las más de 40 personas encuestadas él fue el único que inmediatamente respondió: “Había un músico en la parte superior de las escaleras mecánicas de la estación de L’Enfant Plaza”.
– ¿Nunca había visto a un músico tocar en el metro? (se le preguntó).
– No como este (respondió).
– ¿Que quiere decir?
– Era un violinista extraordinario. Nunca he oído a nadie tocar así. Técnicamente era muy competente. Y el violín también era muy bueno, con un gran sonido, un sonido enorme. Me puse a una cierta distancia para escucharle. No muy cerca porque no quería invadir su espacio.
– ¿En serio?
– En serio. Fue toda una experiencia. Un placer, un modo increíble de empezar el día.

Cuando se le dijo a este tímido personaje que estuvo escuchando a Joshua Bell posiblemente se llevó una sorpresa mayúscula puesto que él es un gran fan suyo. Tuvo la suerte de oírle tocar pero no fue capaz de reconocer al personaje, aunque sí su talento.
Picarello vivió su juventud en Nueva York y allí se dedicó a estudiar violín con la intención de convertirse en un músico profesional. Cuando llegó a los 18 años y vio que no tenía suficiente talento como para poder ganarse la vida con la música decidió tomar otro camino. Actualmente es un supervisor del servicio postal y nunca más ha vuelto a tocar el violín.
Aquella mañana, mientras disfrutaba de aquel inusual recital de vez en cuando lanzaba una mirada a su alrededor y se mostraba asombrado de ser el único que se apercibía de aquel magnífico espectáculo. No podía entender como el resto de personas pasaban a toda prisa sin prestar la más mínima atención.
“Humildemente le lancé cinco dólares”, comenta. Y efectivamente eso parece por sus gestos: Se acerca mientras va mirando al músico, le lanza el dinero en el estuche del violín y como avergonzado se aleja rápidamente del hombre que un día quiso ser.
– ¿Se arrepiente ahora de haber tomado esa decisión a los 18 años?
– No. Si algo te gusta, aunque no te dediques a ello profesionalmente no es nunca un desperdicio. Es algo que conservas para siempre.

La actuación de Joshua Bell se grabó en vídeo con una cámara oculta. A continuación podéis ver un resumen con la imagen acelerada. La persona que aparece frente a él al final es Stacy Furukawa.

Joshua Bell tocando en la estación L’Enfant Plaza

Y si tenéis curiosidad por escucharle tocar y averiguar si seriáis capaces de distinguir su belleza entre el mundanal ruido podéis escuchar íntegramente el insólito recital que dio aquel día el metro.

Actuación completa de Joshua Bell en la estación L’Enfant Plaza
[audio:http://176.31.254.20/au/joshua_bell_al_metro.mp3|titles=Joshua Bell en la estación L’Enfant Plaza]

Para terminar, aclarar que todo lo que acabáis de leer es un extracto del artículo de Weingarten. He tomado las partes que me han parecido más interesantes y las he estructurado a mi conveniencia. Si la historia os ha parecido interesante os recomiendo encarecidamente que leáis el artículo original, aunque sea en inglés merece la pena el esfuerzo.

Pearls Before Breakfast

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