La gran mancha (cap. 4 y último)

En episodios anteriores…

Eila y Reiguel tratan de recuperar de un disco defectuoso la música de un tal Ockeghem. Reiguel aprovecha para contar cómo era la música de aquella época.

 

 

 

 

Eila miró al mural y vio que aparecían nuevos elementos. Accedió a la consola y le mostró los resultados a Reiguel.

– Mira, hemos recuperado más audios. A lo mejor encontramos esa de las 36 voces!
– No te hagas ilusiones. En todo caso eso era pirotecnia compositiva. No quiere decir que fuera su mejor obra ni mucho menos. También hizo otra que se podía cantar en diferentes tonos cambiando simplemente la clave de la partitura. Pero la música al fin y al cabo hay que escucharla y disfrutarla por si misma.
Vamos a escuchar lo que tienes.

Ella pasó por los altavoces todos los nuevos audios, uno por uno y todo lo que consiguieron fue ruido o en el mejor de los casos algún pequeño fragmento reconocible seguido de cortes, saltos, ruido y silencio. Tan solo el último parecía lo bastante intacto como para poderse considerar recuperado.

– Ma maistresse. Esto es una chanson a tres voces. El resto… a saber.
– Tú lo dijiste Reiguel: era demasiado bonito para ser cierto. Al final nos hemos quedado con la miel en los labios.
– Esta es la parte que detesto de mi trabajo.
– Bueno, no hay que dramatizar. Al fin y al cabo ¿a quien le importan todas estas cosas?
– Pues verás: hay quien dice que se acaba haciendo lo que otro antes ha imaginado. De modo que si algo se olvida necesitas primero a alguien que lo vuelva a imaginar y luego otra persona que lo haga realidad de nuevo. En resumen: cada cosa que cae en el olvido es un paso atrás para la humanidad. Y no soporto la idea de que tantas y tantas cosas se van a perder para siempre. Estos audios… suenan mal pero suenan mal de un modo extraño…
– No te obsesiones. Están fritos y no se puede hacer más.
– Precisamente: no suenan como si estuvieran fritos. Suenan como si estuvieran mal codificados.
– ¿Cómo que mal codificados? ¿Insinúas que no se hacer mi trabajo? Vale que tú eres el experto en audios pero no te pases conmigo!
– Yo no digo nada de eso. Solo digo que aquí hay algo que no encaja. Te aparecen un montón de ficheros y luego sólo puedes salvar dos? No tiene sentido. Si el disco está frito no te salen ni los índices de contenidos y aquí te salen un montón de entradas. Esto no es un factor 8!
– Estás flipando! Claro que es un factor 8, lo pone aquí bien clarito.
– Lo pone aquí pero esto no está bien. Déjame ver los registros. Fíjate: ¿quien hizo el análisis de integridad?
– Famarkhant…
– Eso mismo, el inútil como tú misma has definido antes. Yo no me creo que esto sea un factor 8. Tiene que ser un factor 3.
– Pero esos ya se han procesado todos! No puede ser. Además de ahí podrías sacar el 98 % del disco y aquí hemos recuperado apenas dos audios!
– Pues yo te digo que estos ficheros están intactos pero mal codificados. Le estamos diciendo al ordenador que recomponga un jarrón roto en mil pedazos cuando en realidad el jarrón está entero. Por eso se vuelve loco y no sabe como interpretarlo. Tienes que hacer un nuevo análisis de integridad. Eso nos sacará de dudas.
– Ni de coña, tardaría una barbaridad. Y es absurdo. Reconócelo: lo que dices no tiene sentido.
– Puedes marcharte si quieres, ya lo hago yo. Pero te digo que aquí hay mucho más de lo que parece.
– Hay que ver lo tozudo que puedes llegar a ser. Bueno vale, voy a hacer la analítica de integridad. Pero me debes una!
– Vale, y si tengo razón te deberé todas las que quieras.

Eila dio las instrucciones al ordenador para empezar las pruebas y luego se giró de nuevo hacia Reiguel.

– Va a tardar un buen rato así que mejor que tengas algún tema extenso que tratar.
– Es un buen momento para escuchar el otro audio que has recuperado.
– Ya me temía que me ibas a salir por ahí. Ok, voy a ponerlo.
– Ya verás como te gusta.
– También estaba segura que me lo dirías.

[audio:http://176.31.254.20/au/ockeghem_ma_maitresse.mp3|titles=Johannes Ockeghem – Ma maitresse]

– Y esto has dicho que era una chanson?
– Sí, una canción. Música profana pero también con varias voces. Nada que ver con tu cucaracha. Esta en concreto es a tres voces. Casi todas las de Ockeghem son a tres voces y creo que hay un par para cuatro.
– Así que no solo hacía música religiosa? Pues yo me pensaba que el tío era un poco beato o algo así.
– Pues ya ves que no, aunque a decir verdad la mayoría de lo que compuso era religioso. No fue muy prolífico a la hora de componer: unas catorce misas, seis motetes y veinte chansons. Comparado con las ciento y pico sinfonías de Haydn no parece gran cosa. Pero ya dicen que en los frascos pequeños está la buena confitura.
– Haydn? No me lo digas: otro con peluca!
– Exacto.
– ¿Y eso de los motetes qué es?
– Pues eran también composiciones religiosas a capella y cantadas en latín. Habitualmente las letras estaban basadas en cantos gregorianos y en el caso de Ockeghem solían ser a cuatro voces, aunque hay la de 36 que te mencioné antes.
– Más música religiosa. Pues al final sí que va a resultar que era un beato de esos.
– Ya te he dicho que la música religiosa era un gran reclamo para los compositores porque era un terreno mucho más exigente a la hora de componer. Pero a veces ambos mundos se relacionaban entre sí. Por ejemplo existían las misas con cantus firmus que consistían en una misa que incluía una melodía popular muy conocida. Es decir: que componían una pieza religiosa a partir de la melodía de una pieza popular muy conocida. Era una manera de conectar con la gente porque todo el mundo conocía esas canciones. Sería un poco como hacer un obra religiosa a partir de la melodía de tu cucaracha.
– ¿Y eso era legal, qué pasaba con los derechos de autor?
– En aquella época no habían derechos de autor. En algunas cosas los antiguos iban por delante nuestro.
– En algunas cosas sí y en muchas otras no. Tenemos muchas cosas que ellos ni soñaron.
– Sí, pero aun así la historia se repite a menudo. Trabajar aquí muchas veces me hace pensar en la biblioteca de Alejandría.
– ¿La biblioteca en Alejandría?
– La de hace dos mil años. Era una biblioteca colosal que albergaba todo el saber del mundo occidental.
– Y qué pasa con ella?
– Que la destruyeron y se perdió todo su contenido. Y ahí había cantidades ingentes de ciencia, arte, filosofía… Pasó lo mismo que nos ha pasado a nosotros. Al menos nosotros tenemos el consuelo que no habernos autolobotomizado como hicieron entonces. Tuvieron que pasar siglos para que muchas cosas que ahí ya estaban escritas las pensara de nuevo otra persona. Apenas se pudo salvar una parte ínfima de su contenido. Y en algunos casos hubiera sido mejor que no se hubiera salvado.
– ¿Por qué dices eso? Tú has dicho que hay que conocer el pasado para entender el presente.
– Es cierto, pero parte de lo que se salvó fueron índices y catálogos, relaciones del contenido de la biblioteca. Por ejemplo se sabe que la biblioteca contenía 123 obras de Sófocles de las que sólo perduraron 7: puede que te suene ‘Edipo rey’, ‘Antígona’ o ‘Electra’. Son obras maestras. Imagínate, si estas fueran las peores de todas, ¿cómo serían las buenas?
Hoy tenemos minuetos de Mozart y ninguna de sus óperas. Tenemos la tercera sinfonía de Beethoven y ni rastro de las demás. Pensar que estuvieron y que ya no están ni estarán es horrible. A veces la ignorancia te ahorra el suplicio de la pérdida.
– Bueno, bueno, no te pongas dramático. Para eso estamos aquí, no? Para que esto no suceda. Para que la humanidad de pasitos adelante.
– Sí, pasitos. Tú lo has dicho. Pasitos, cortitos y nímios.
– Ostia!
– ¿Ostia?
– El ordenador… ha terminado el test!
– Y qué pasa, tenía yo razón?
– Pues sí… No es un factor 8.
– Estaba seguro, tenía que ser eso!
– Y no… tampoco es un factor 3: es un factor 2!
– Ostia!
– No me copies, eso lo he dicho yo.
– Pero esto es increíble! Con un disco así podemos recuperar el contenido completo! Rápido, procesa el disco! Seguro que podemos recuperar todos los audios de Ockeghem.
– No me atosigues, ya lo hago. Y estate quieto que me estás poniendo nerviosa! Ok, si de verdad es un factor dos no debe tardar nada en empezar a mostrar resultados.

Efectivamente, al cabo de unos segundos el mural empezó a llenarse de entradas: al principio unas pocas, luego más, luego más y más. Iban pasando tan rápido que al final apenas podían leerse. Eila pescaba alguno con la vista y lo pronunciaba en voz alta.
– Ockeghem, Dufay, des Prés, Vivaldi, Wagner, Liszt, Bartok, Bach… el de la peluca! Debussy, Dream Theater, Mozart, Holst, Brahms, Rimsky-Korsakov… Esto es impresionante! Creo que hemos dado un par de buenos pasos!

Reiguel miraba fijamente el mural absolutamente embelesado y con la boca abierta como un bobo. Tardó en reaccionar y contestar a su compañera. Finalmente dijo:

– Yo diría que hemos encontrado las botas de siete leguas!

 

 

BREVES NOTAS DEL AUTOR

La actividad solar realmente afecta los aparatos eléctricos. En el año 1859 uno de estos fenómenos interrumpió temporalmente el servicio telegráfico y provocó auroras boreales en lugares tan inverosímiles como la ciudad de Roma.

El lago Verne está inspirado en el observatorio de neutrios Super-Kamiokande, una especie de piscina gigante que se encuentra a mil metros bajo tierra y que se utiliza para estiuiar partículas subatómicas provenientes del Sol y otros astros. De hecho, la foto del tercer capítulo es del Super-Kamiokande.

En la época de Ockeghem las pelucas no estaban de moda y por tanto él no la llevaba. En cambio Bach sí llevaba peluca.

Eila y Reguel finalmente pudieron recuperar aquella pieza de 36 voces. Si quereis la podeis escuchar aquí.

[audio:http://176.31.254.20/au/ockeghem_deo_gratias.mp3|titles=Johannes Ockeghem – Deo gratias]
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *