Por una que me sabía… (Cap. 3 y último)

Un oficinista descubre que el Adagio de Albinoni tiene derechos de autor hasta casi finales del siglo XXI. Desconcertado decide investigar el tema y a causa de ello termina metido en un lío.

 

 

 

 

La puerta del ascensor se abrió en una completa oscuridad y de su interior surgió una voz desconcertada: ‘pero que pasa aquí? No se ve nada!’. Era el señor Pérez, el jefe de Jorge.
Empezó a andar muy lentamente pero ante la negrura que lo engullía decidió detenerse y gritar: ‘Jorge, Jorge, que ha pasado? Se ha ido la luz!’.
Esperó una respuesta durante unos segundos pero sólo obtuvo un tozudo silencio. El hombre empezó a inquietarse y justo cuando iba a volver a llamar a Jorge volvió la electricidad. La sala se iluminó al instante y su angustia desapareció junto con las tinieblas.
No así sus ganas de gritar: ‘Jorgeeeee! Donde puñetas estás?’.
– Estoy aquí jefe.
– Aquí donde?
– En su despacho.
– En mi despacho? Ok, voy para allá.
El hombre no entendía nada apresuró el paso hacia el despacho en busca de respuestas.

– A ver Jorge, qué ha pasado aquí?
– Que se ha ido la luz, jefe. Al ratito de marchar ud. todo se ha quedado a oscuras. No sabía que hacer pero luego he pensado que podía ser culpa del fluorescente del vestíbulo. Hace días que fluctúa y a lo mejor ha hecho saltar el diferencial. Luego he venido hasta su despacho para mirar el cuadro eléctrico a ver si realmente había saltado o no.
– Y había saltado?
– Pues no… todo estaba bien. Y justo cuando le he oído gritar ha vuelto la luz. Puede que sea cosa del piso de abajo. Creo que están haciendo algunas reformas. Quiere que llame y pregunte?
– No, no, da igual. Si todo está bien no le demos más vueltas. Vuelva a su sitio Jorge, que tengo cosas pendientes que terminar.

Hasta ese momento al jefe no se le había ocurrido mirar el ordenador. Cuando finalmente lo hizo vio horrorizado como estaba reiniciándose.
– Pero bueno, es que también se han apagado los ordenadores??
– Todo jefe, todo ha caído.
– Pero si tenía la partida a medias! Menuda mierda: ya casi la tenía!!
– Qué partida, jefe?
– He dicho la partida…? Esto, sí la partida… la partida presupuestaria! Tengo que presentar los presupuestos del próximo año, menuda putada!

Jorge se partía de risa por dentro pero consiguió no expresarlo en su rostro. Aún así decidió jugar un poquito más con el jefe.

– Pero si estamos en febrero… no es un poco pronto?
– Ya ves! Cada vez con más prisas. Total luego nos dan lo que les da la gana. Tanto papeleo para nada. Ganas de marear la perdiz.
– Pues menudo faenón, jefe. Ahora tendrá que empezar la partida de cero.
– Sí, pero hoy ya no hago nada. Ya la empezaré mañana que ahora no ando de buen humor. Puñetera luz…
– Ok jefe, me vuelvo a mi sitio. Si me necesita ya sabe.
– Gracias Jorge.

La puerta del despacho se cerró tras de si y Jorge se dirigió a su mostrador, se sentó en su desgastada silla y por fin respiró aliviado. Había ido por muy poco! Afortunadamente su mente no se bloqueó en el momento crítico y tuvo la idea de quitar la tensión de la oficina. El pc bloqueado se apagó y terminó con el problema de un plumazo. Eso sí: una pena que haya que rehacer los presupuestos…jajaja.
Sin embargo el misterio del Adagio seguía intacto. Toda búsqueda había resultado infructuosa. Después de tantas vicisitudes estaba en el mismo punto que al inicio.
Meditó unos instantes y resolvió empezar de nuevo por el principio. De modo que volvió a acceder a su ordenador para hacer la consulta de nuevo sobre los temas de dominio público en 2068.
Cuando la obtuvo buscó el famoso adagio y efectivamente ahí estaba. No lo había soñado. Pero esta vez se fijó bien y se dio cuenta que el nombre de Albinoni aparecía en la columna del título de la pieza: ‘Adagio en Sol (o de Albinoni)’. En cambio en la columna de autor aparecía otro nombre: ‘Remo Giazotto’.
Eso explicaba algunas cosas e igualmente planteaba nuevos interrogantes. Por un lado explicaba que la pieza no apareciera en la lista de obras de Albinoni. Por otro lado daba a entender que el tal Remo era un personaje contemporáneo y por eso los derechos de autor aun estaban vigentes. Pero quien era y sobretodo por qué la pieza lleva el nombre de Albinoni y no el suyo propio? Todo carecía de sentido.
Intentó obtener más información de la base de datos pero con las restricciones que tenía fue inútil. Finalmente se dio por vencido y se resignó a tener que esperar a llegar a casa para hacer las consultas por internet.
Faltaba una hora para terminar la jornada laboral. No era tanto. Pero la intriga le estaba corroyendo por dentro y el no tener nada que hacer no le ayudaba en absoluto a obligarse a pensar en otra cosa.
Afortunadamente el jefe acudió al rescate de Jorge en el momento adecuado. Abrió la puerta del despachó y salió con su cartera, su abrigo y una bufanda. Pasó junto al mostrador de Jorge y sin detenerse le dijo:
– Me voy a casa, a ver si me despejo. Menudo día más desastroso. Esperemos que mañana sea mejor. Jorge, si no tienes nada pendiente ciérralo todo y cuando quieras te vas también. Nos vemos mañana.
– Gracias jefe. Hasta mañana.

El jefe alzó la mano sin detenerse a modo de respuesta. Jorge vio como por un instante dudaba entre el ascensor y la escalera. Finalmente se decidió por la escalera. Seguramente por si los apagones, pensó.
Nuevamente solo tuvo el impulso inicial de volver al ordenador del jefe, pero inmediatamente descartó la idea. Ya había tenido suficientes emociones por un día y no quería tentar más a la suerte.
Así que recogió todo y salio del trabajo. En casa podría consultar todo lo que quisiera con tranquilidad.
Al salir a la calle vio que la tarde era triste y fría, típica de invierno. La gente andaba apresurada como si una tormenta les pisara los talones. Jorge se zambulló en el ir y venir de los transeúntes y al poco rato se detuvo frente a la parada de autobús que le llevaría a casa. Junto a él observó una chica que cargaba con un violonchelo y que charlaba animadamente con un amigo. No pudo evitar escuchar la conversación:
– Te vienes a casa a estudiar?
– Hoy no puedo, mañana tengo que presentar el trabajo y aun no lo he terminado. Voy a ir a la biblio a ver si lo termino o si no me catean.
– Vale, pues te veo mañana entonces. Hasta mañana!

Los chicos se despidieron y el muchacho cruzó la calle supuestamente camino de la biblioteca que había mencionado. Lo siguió con la vista y para su sorpresa al instante entró en un gran edificio.
Jorge no tenía ni idea que ahí hubiera una biblioteca. Pero ahora la tenía tan a tiro que decidió no esperar a llegar a casa para resolver el misterio. Así que cruzó la calle también y entró en el edificio en busca de respuestas.
Una vez dentro se percató que aquello en realidad no era una biblioteca, o no era solo una biblioteca. Se había metido en el conservatorio municipal y al apercibirse de ello empezó a sentirse como un pez fuera del agua. Estaba rodeado de gente joven, todos con su instrumento a cuestas. Pero al ver que nadie lo miraba de un modo extraño y que pasaba inadvertido se fue relajando poco a poco otra vez. Al fin y al cabo era el sitio perfecto para desenmascarar al sr. Giazotto. Así que siguió las indicaciones y llegó a la biblioteca del centro. Una vez allí se dirigió al mostrador y preguntó a la encargada:
– Hola, quería saber si la biblioteca es de acceso público o solo para estudiantes.
– Es de acceso público sólo para consultas. El préstamo es exclusivo para los estudiantes.
– Estoy buscando información sobre un tal Remo Giazotto.
– Que clase de información? Biográfica, partituras, grabaciones?
– Biográfica
– En ese caso lo mejor es que vaya al estante del fondo de la sala. Ahí encontrará diccionarios y enciclopedias.
– Vale gracias. Muy amable.
– A ud.

Se dirigió a la zona que le habían indicado y efectivamente encontró algunos libros que parecían ser capaces de esclarecer sus dudas. Optó por uno muy voluminoso y empezó a buscar una entrada que hablara de Remo Giazotto. A cada página que pasaba se acercaba más a la G y se sorprendió al notar como se le aceleraba el corazón. Bien, finalmente lo encontró. Remo Giazotto: Musicólogo italiano (1910 – 1998). Hizo un rápido cálculo mental sumando 1998 más 70 y el resultado le satisfizo: 2068, la fecha en que el adagio pasará a dominio público. Parece que esta vez iba por el buen camino.
Estaba impaciente por seguir leyendo pero el libro pesaba tanto que decidió sentarse en una mesa para estar más cómodo. Buscó un rincón tranquilo, llevó sus cosas ahí y luego prosiguió su lectura.
Giazotto nació en Roma en septiembre del año 1910, aunque luego se desplazaría a Milán donde estudiaría piano y composición en el conservatorio. Más tarde empezó a ejercer de crítico musical y de hecho fue editor de una revista llamada ‘Revista musicale italiana’ y de otra posterior llamada ‘Nuova revista musicale italiana’.
Escribió algunas biografías de músicos italianos como Vivaldi o el propio Albinoni y estuvo trabajando unos años en la RAI como director de programación de música de cámara. También fue profesor de historia de la música en la universidad de Florencia.

 

Adagio in G Minor (Albinoni)

Jorge alzó la vista del libro y pensó: ‘Todo esto está muy bien, pero sigue sin salir el adagio por ninguna parte’. Impaciente, volvió a bajar la mirada y prosiguió la lectura.

Parece ser que Giazotto viajó a Dresde una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial para completar la investigación que venía realizando sobre la vida de Albinoni y que usaría para su libro. La ciudad había sido duramente bombardeada y reducida prácticamente a escombros. Giazotto acudió a la derruida biblioteca y de entre tanta destrucción logró encontrar fragmentos de una obra de Albinoni desconocida hasta el momento. Dicha pieza sería más tarde mundialmente famosa y conocida como el Adagio de Albinoni.
Los fragmentos se reducían a la línea de bajo y seis compases de la melodía que parecían formar parte de una sonata a trío. Como la pieza estaba incompleta Giazotto se decidió a hacer los arreglos necesarios para completarla tratando de mantener el espíritu del autor. Finalmente en 1958 se publicó por primera vez la obra que rápidamente obtuvo una notable popularidad.
Sin embargo todo el asunto presentaba algunas lagunas que Giazotto trató de aclarar aunque lo cierto es que con el tiempo aun se volvieron más confusas. Empezaron a acusarle de ser el autor de la pieza y de usar la fama Albinoni como gancho para promocionarla. En realidad así es como la vendió al público el editor de la partitura. Giazotto se defendió afirmando que él se había limitado a hacer los arreglos pero que en absoluto era su compositor.
La historia de los fragmentos encontrados en las ruinas de Dresde fue cada vez más puesta en entredicho hasta el punto que, años más tarde la propia biblioteca hizo un comunicado oficial en la que afirmaba no tener constancia en sus archivos del documento descrito por Giazotto.
Remo Giazotto murió en Pisa en agosto de 1998 y desde entonces se le considera el autor de la pieza.

– Será posible? Por una que me sabía y resulta que la ha hecho otra persona distinta! (exclamó Jorge).
– Shhh, estamos en una biblioteca! (la recriminó una chica que estaba en una mesa cercana).
– Perdona, lo siento.

Jorge cerró el libro y lo devolvió a su sitio en la estantería. Recogió las cosas y salió de la sala camino de la parada del autobús que lo llevaría por fin a su casa.
Durante el viaje seguía dándole vueltas al asunto. No acababa de entender como alguien podía pasarse media vida estudiando la vida de un artista y luego hacerle una faena semejante. No sabía muy bien cual es la meta de un musicólogo pero se imaginaba que sería algo así como dar a conocer la vida y la obra de los músicos. Una especie de historiador especializado en la música.
En cambio este hombre lo que consiguió fue que todo el mundo conociera a un músico por una obra que no compuso él. Se imaginó la cara que pondría Tomasso Albinoni si se enterara y le pareció que no sería de alegría precisamente. Mientras pensaba en todo esto súbitamente sintió pena por el compositor. Pensó que aquello era como una broma de mal gusto. Estaba convencido de que a partir de entonces escuchar el adagio ya no sería lo mismo.
La tarde había dado paso a la noche. El frío había aumentado y las calles poco a poco iban quedando desiertas. Jorge seguía andando por la acera camino de casa ausente y absorto en sus pensamientos. Tan solo las primeras gotas de una lluvia tímida le volvieron a la realidad. Miró un instante a su alrededor para cerciorarse de donde estaba exactamente. Luego trató de recordar el trayecto que le había llevado hasta allí y no lo consiguió porque simplemente su cabeza estaba ocupada en otra cosa. Entonces se recriminó a sí mismo el darle tantas vueltas al asunto. Y como para hacer las paces consigo mismo y zanjar el tema se propuso escuchar alguna obra que realmente hubiera escrito Tomasso Albinoni. Le pareció una buena idea y acto seguido apresuró el paso para evitar mojarse con la lluvia que ya empezaba a arreciar. Llegó a casa, abrió la puerta y justo mientras cerraba la puerta volvió a exclamar: ‘Ostia, es que por una que me sabía!’

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